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Durante los últimos años, después de acabar Flauta y Derecho, me he encerrado en mi habitación seis días a la semana y once horas al día para preparar las oposiciones de Abogado del Estado, algo nada sano por cierto, y ahí sigo. Los dos primeros exámenes de esta oposición consisten en exponer oralmente delante de un tribunal y durante una hora siete temas elegidos al azar, de entre los 450 que componen el temario. Para calificar, el tribunal valora especialmente la velocidad a la que hablas (cuanto más rápido y menos pienses mejor, porque se considera que lo tiene más asimilado) y la literalidad con la que digas los artículos de las leyes, por lo que la memoria se convierte en un instrumento fundamental en esta prueba medieval.

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El lector se estará preguntando: ¿qué tendrá que ver “cantar” temas en una oposición (como se conoce en la jerga el exponer los temas) con tocar la flauta? En efecto, a primera vista, aparte del verbo “cantar”, recitar de memoria áridos párrafos jurídicos e interpretar bellas melodías con un tubo mágico no se asemejan en nada. Sin embargo, después de muchos años de práctica en los dos campos me he dado cuenta de que estas dos actividades están más relacionadas entre sí de lo que pudiera parecer.

Cuando un opositor se enfrenta al primer examen oral de la oposición experimenta sensaciones y emociones muy parecidas a las que va a vivir el flautista, que después de haber estado durante mucho tiempo perfeccionando una obra, tiene que salir al escenario para dar un concierto delante de un público.

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La principal sensación que asalta al flautista y al opositor es el miedo. Miedo a fallar, miedo a defraudar las expectativas que los demás parece que han depositado en mí, miedo a que el sonido o la voz no me salga, miedo a que me trabe en algún pasaje o artículo difíciles, miedo a que me quede en blanco, miedo, miedo, miedo…

Pero, ¿realmente sirve de algo ese miedo que nos invade y paraliza? ¿De dónde surge? ¿Podemos controlarlo de algún modo o es una fuerza ajena que se apodera de nosotros sin remedio? El miedo es la respuesta natural al gran desafío al que nos enfrentamos y nos permite estar despiertos ante las circunstancias que nos vayan surgiendo y en sí mismo no es negativo. Sin embargo, un exceso de miedo puede bloquearnos e impedir que fluyan todas nuestras virtudes.

 Los conservatorios y las academias de oposiciones son grandes expertos en generar angustias y fobias en sus alumnos, aun sin proponérselo. En los dos casos, se les obliga a enfrentarse a partituras o temas ya elaborados, considerados por tanto perfectos, ideales a alcanzar, que deben tomar como obras sagradas e inmutables. En este contexto, la mayor aspiración del alumno se centra en aprenderse esos textos, ya sean musicales o jurídicos, lo mejor que pueda y acercarse lo más posible a la intención de sus autores.

Sin duda, es un reto encomiable y digno de admiración. No obstante, dentro de esta actividad se esconde una necesaria frustración, porque casi siempre va a ser posible interpretar mejor la obra o el tema, y en consecuencia, casi siempre va a estar mal. La partitura o el tema de la oposición constituyen un ideal, y como tal, es absoluto, por lo que cualquier mínimo error va a provocar en el intérprete una enorme sensación de fracaso, una caída dramática a la realidad. Además el sistema de evaluación contribuye a ello, porque normalmente el profesor toma como punto de referencia el ideal de la partitura o del tema y valora al alumno en función de su aproximación mayor o menor a ese ideal. Con toda esta presión es lógico que el miedo se apodere de nosotros. Si no es en este concierto o en este tema, fallaremos en el siguiente, porque no es humana esa perfección.

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 Por otro lado, el alumno adquiere a lo largo de su formación un hábito continuo y casi enfermizo de juzgar a los demás. Así, cuando asistimos a un concierto, nos cuesta mucho dejarnos llevar por la música y disfrutarla de una manera sana. Desde el primer momento en que aparece el intérprete o el opositor, observamos cualquier movimiento que haga, por mínimo que sea, y lo enjuiciamos, poniéndole la etiqueta de bien o mal. Normalmente si consideramos que la valoración global del alumno es positiva, surge la envidia y nos empequeñecemos, pero si aquél ha tenido algún pequeño fallo, nos alegramos pensando que el jurado o el público van a darse cuenta fácilmente de que nosotros somos mejores.

Al desarrollar este hábito enjuiciador fomentamos también el miedo del que hablábamos antes, porque pensamos que el público va a estar examinándonos de la misma manera que lo hacemos cuando nosotros somos los oyentes. Creemos que van a estar atentos a los fallos que podamos cometer, porque precisamente es eso lo que nosotros hacemos. Y esto nos genera miedo: miedo al fracaso, miedo a no ser aceptados, miedo a no ser amados.

Todas estas realidades olvidan la verdadera esencia de la música. Ésta se conecta con el momento presente y con las emociones y los sentimientos. A la música no le interesa el pasado o la nota que podamos haber dado mal, ni tampoco el futuro o el pasaje difícil en el que posiblemente nos trabemos. Esas dos ficciones son producto de la mente, no del corazón.

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La persona que asiste a un concierto acude con la intención de que el flautista le transmita emociones genuinas, ya sean de alegría o de tristeza, de rabia o de amor. La partitura es un pretexto para que el intérprete explore sus propias emociones y las transmita a su público; la partitura no es un fin en sí mismo, y por tanto, el objetivo esencial del concierto no consiste en que seas capaz de dar todas las notas perfectas, sino de que emociones al público, llegues a su corazón y le hagas vibrar en el preciso momento en el que estás tocando.

Por supuesto que la partitura o el tema de la oposición son importantes, pero desde luego no son lo más esencial. Si somos conscientes de ello, si relegamos el objetivo de la perfección técnica e ideal a un segundo plano y centramos nuestra atención en transmitir nuestras emociones reales, siendo por tanto, más genuinos y auténticos, es más fácil que el miedo poco a poco vaya desapareciendo y conectemos mucho mejor con el auditorio.

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No concibamos el concierto o el examen como una prueba circense en la que existe un reto inhumano que debemos alcanzar fracasando si no lo conseguimos. Ese planteamiento, como decíamos, genera miedo y el público lo percibe, aunque sea de forma inconsciente. El oyente no quiere que le transmitas tu miedo y tus inseguridades, por el contrario desea que le traslades a un mundo de emociones, que le abraces con tu música.

Pablo Fuentes

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