cementerio grande

Espeluznante caso en  “Cuarto Milenio”: este verano he  sacado algo de  tiempo para estudiar la flauta. Es un hecho que pone los pelos de punta: flautear a pesar de ser padre de familia en activo y a jornada completa, sin abuelos o vecinos piadosos. Con un contrato indefinido aunque, eso sí, revisable el día  que sea el protagonista de “mi misa de Requiem”.

DSC_0032 Entre bañito y bañito, me he regado las orejas con alguna fantasía de Taffanel, Lieberman y “los trenecitos” de Clark. He de confesar que lo he hecho, en gran parte,  para mirarme un poco  el ombligo,  ¡uno es humano, incluso flautista!.

Estando en esas, pensaba que no tocaba mal la flauta, hasta que me llamaron para tocar los cuartetos de Mozart en Logroño- ¿¿Mozart??. ¡caramba, pero si no sé tocar la flauta!…¡cambio de rumbo 60º a estribor ,puuuu,puuuu!

No entiendo cómo me llaman a mí para hacer esto: toco con vibrato; no toco con el estilo propio de la época, las pelucas hace tiempo que dejé de usarlas;  me perdí el 2º capítulo de Barrio Sésamo y por eso no tengo claro lo de empezar por arriba o por abajo los trinos; a las apoyaturas solo les doy mi apoyo moral y  para las articulaciones procuro hacer mucho sofá y pocos deportes aeróbicos. Pero ¡en fin! , ¡si hay que hacerlo, se hace!

simplicidad Estoy que trino con los gorgoritos de Mozart: mientras más los estudio más siento la necesidad de perder de vista la flauta y beber de otras fuentes que me lleven a la tan dificil “simplicidad” que necesito para interpretar su música.  Resulta curioso que la flauta sea el instrumento más simple de todos y que sea la simplicidad el hándicap más difícil de conseguir por un flautista: un bujero y unas teclas que suben y bajan, sin boquilla, sin lengüetas, ni cañas, ni nada a lo que podamos echar la culpa de nuestros males.

La flauta debería ser, pues eso, una flauta. ¿Tan difícil es que una flauta suene a flauta?. Los flautistas estamos siempre tentados a no respetar demasiado la propia agógica de nuestro instrumento, es decir, a no aceptar las propias limitaciones sonoras, determinadas por la construcción y la acústica.

culturista

Nos dejamos llevar demasiado por las grabaciones con la ligera esperanza de imitar esos sonidos, buscamos las embocaduras que más fuerte suenan como si la potencia fuera lo más importante. Queremos sentirnos poderosos  y eso, por experiencia, con Mozart y con otras muchas cosas, no funciona.

Prueba a cambiar la potencia por la delicadeza, los staccazos por una articulación ligera y sin pretensiones, y de paso, si tocas el concierto en Sol Mayor, piensa el “Re grave” (ya sabes…) en parte débil y como una nota más la frase (no necesitas sacar petróleo), ya veras…,o ¿pensabas que el re grave era la cadencia?.

Interpretar la música de Mozart es un espejo infalible donde podemos ver con toda claridad, si abrimos los ojos, los granos en el  staccato, la celulitis  en el sonido y los puntos negros  en el fraseo. No hay ningún maquillaje, ni faja, ni crema anticelulítica que pueda disimular nuestras imperfecciones. La música de Mozart es una magnífica oportunidad para adentrarnos en el camino de la simplicidad y, a través de ella, encontrar la  profundidad y la belleza de su música.

Pero ¿donde se encuentra la simplicidad?

La vida nos da muchas pistas para encontrarla. Deja de ver la música a través de un tubo y de tu ombligo. La simplicidad y la sencillez están en ti pero…  ¿dónde estás tú?…

Es conmovedor leer el diario del escritor Miguel de Unamuno (1864-1936) donde refleja la crisis existencial por la que pasaba y su anhelo de vivir con la felicidad y la sencillez de un niño.

“Agranda la puerta , Padre 

porque no puedo pasar.

La hiciste para los niños,

y yo he crecido a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta,

achícame, por piedad,

Vuélveme a la edad bendita

en que vivir es soñar”

descarga

Mozart pasó por esa puerta tan anhelada y nos invita a cruzarla. Algunos musicólogos y demás flora intelectual que viven de la música sin rascar un instrumento, hablan peyorativamente de Mozart como una persona inmadura e infantil .-¡Bendita inmadurez y bendito infantilismo!. Dejemos de intentar ser superhombres, de simular saber mucho cuando en el fondo sabemos de casi nada  y convirtámonos en lo que fuimos: en niños que simplemente juegan a hacer música. Quizás en ese punto encontremos nuestra verdadera esencia y crucemos la puerta que nos lleve a disfrutar de la música y de la vida.

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